…Y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la nieve (Mateo 17:2; Lucas 22:44).
Revela un rostro perfecto, en íntima comunión con su Padre; un rostro victorioso y el gozo de filiación divina en quien el Padre se complace (Mateo 17:5). Además, es una vislumbre de un adelanto escatológico de un Reino que viene. Ante un Señor que se presenta de esta manera, podemos levantarnos y no temer nada de lo que nos pueda hacer el hombre (Mateo 17:7).
Cuál discípulos y seguidores de Jesús, podemos de igual manera en este tiempo, tiempo difícil, gozar de una comunión casi perfecta con Él, de tal forma que nuestro testimonio alumbre y sea efectivo en medio de la humanidad. Así, cuando oramos, es como traer un pedazo del cielo a la tierra, siendo transformados a su imagen y semejanza.
En medio de una pandemia, nuestro rostro puede demostrar que pertenecemos a Otro, al Creador, que hizo el cielo, la tierra y el mar. Nuestro rostro debiera reflejar a quien pertenecemos.
Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra…
El rostro agónico de Jesús muestra su dolor al grado sumo. Dolor compasivo y de entrega por una humanidad perdida. Cuando perseveramos con oración y ruego (intercesión) —Hechos 1:14— empatizamos con el dolor y necesidad del otro.
En nuestra vida necesitamos que los dos rostros de Jesús nos acompañen en nuestro peregrinaje. Uno, mirando al cielo, como hijo y heredero; el otro, mirando hacia la tierra, como deudor de un mundo agonizante y trayendo el Sol de justicia a nuestra tierra. Muchos lo necesitan hoy en Chile y lo necesitarán con urgencia en los días que vienen.

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