Miércoles de Semana Santa: silencio soberano

MIÉRCOLES DE SEMANA SANTA. SILENCIO SOBERANO.

Hay consenso en autores, teólogos y estudiosos de los evangelios y de los eventos significativos de esta semana, que este miércoles, mitad de semana, Jesús visita a la familia de Lázaro, Marta y María, sus amigos, en Betania. 

En medio del dolor siempre hay una Betania que nos acoge o nos debiera acoger. 

Pero, ¿qué hizo, habló o pensó Jesús en este día? Día que aparece como un oasis en medio de tanto ruido y escándalo religioso. ¿Por qué Jesús fue hacia ese lugar?, en los evangelios hay silencio sobre lo que pasó con Jesús ese día. 

Entonces, podemos hacernos preguntas y algunas afirmaciones que, espero, ayuden al público lector a sacar sus propias deducciones o reflexiones personales. 

*Jesús mostró gran autoridad, valor y soberanía cuando simplemente mandó a buscar al asno el domingo (pollino) diciendo “Porque el Señor lo necesita”. Así también cuando se dirige el lunes a la naturaleza del árbol y lo seca, o cuando toma un látigo y vuelca la mesa de los cambistas inescrupulosos. Igualmente, cuando el martes no quiso responder a la pregunta de los fariseos (Marcos 11:33) o cuando respondía con ironía. La pregunta que surge acá es: ¿por qué no podría simplemente Jesús dejar este silencio del miércoles como un acto soberano, íntimo y alejado de la curiosidad humana? ¿Acaso él no tenía el derecho de estar solo y ajeno a cualquier mirada, pregunta o reproche; más aún cuando ya había experimentado esto los días anteriores? 

*Los tres días anteriores (domingo, lunes y martes) probablemente le ocasionaron un gran cansancio físico, emocional y espiritual. Él lloró con pasión y cierta rabia frente a Jerusalén; él amó a los fariseos y a la plana ejecutiva del templo, y sus reproches hacia ellos no le dejaban impasible o indiferente. La pregunta inevitable es: ¿no podría haber elegido este día como un día de retiro, lejos del mundanal ruido y lejos de la hipocresía encubierta o, sencillamente tomar este día como un día de descanso? 

*Tiempo atrás su voz poderosa y compasiva había tronado con gran autoridad cuando dijo: ¡Lázaro, ven fuera! (Juan 11:43). Su amistad y encuentro con Lázaro, Marta y María, tuvo gran significancia para todos, para esta familia y para Jesús mismo. ¿Esto no podría haberlo motivado a visitarlos? ¿No podría, viendo a este muerto—vivo, ser un incentivo para él, en el sentido de cómo enfrentar su propia muerte? ¿Habrán orado juntos sobre esa experiencia de resurrección anterior y sobre lo que le sobrevendría en la segunda mitad de esta semana? Dios es inmanente (está a mi lado y se interesa por el día a día del hombre), pero también es trascendente (sus obras y pensamientos van muy, pero muy por encima de nuestros pensamientos) y tiene, por ende, derecho a dejar “misterios” escondidos. Él no es un Dios que pueda ser fraccionado para el estudio o disecado para ordenar según el criterio humano. Cuando en las visiones de Apocalipsis 10, Juan quiere escribir sobre el significado de estas para nosotros, Dios le dice:“Sella las cosas que los siete truenos han dicho, y no las escribas (Apocalipsis 10:4). Dios tiene el derecho soberano de guardar silencio. 

Si pudiésemos orar, la oración podría ser: Señor de luz y de misterios, Señor de verdad y de silencios, tú nos inspiras y nos alientas con tu miércoles de recogimiento en medios de nuestros días frenéticos. Que tu silencio redima nuestros ruidos semanales y que tus misterios nos llenen de asombro por la vida. 

*Acaso, nuestro Jesús, en estos momentos cruciales ¿no ansiaba oír esa voz de su Padre y vino a este remanso para que, en el silencio y comprensión de sus amigos, escuchara la voz de Dios? 

Oír la voz de Dios, esa emoción que nos embarga, esa sensación que sacude nuestra mente, humillándola y expandiéndola al mismo tiempo, ese encuentro majestuoso entre Creador y criatura; en fin, esa comunión íntima que sobrepasa todo conocimiento y que nos delata como seres vulnerables, finitos y dependientes, ciertamente, requiere de silencio. 

Qué mejor que el silencio para volver a la lectura, a la palabra y a la Palabra por excelencia. Nuestro mundo es ruidoso en extremo y no necesariamente ruidos que afectan los tímpanos, sino ruidos ideológicos, ruidos que trastornan y que enloquecen el buen sentido. Ruidos que empobrecen al mundo y que lo alejan de la palabra escrita. Ya a Jesús se le denomina Verbo y en toda las acciones, dichos y relatos, vemos que estas están impresas con letras. La ciudad se encuentra abatida, el ruido la atonta y el profeta lo consigna en estas proféticas palabras. 

El llanto me consume los ojos; siento una profunda agonía. Estoy con el ánimo por los suelos porque mi pueblo ha sido destruido. Niños e infantes desfallecen por las calles de la ciudad…todo (el pueblo) buscó su pan suspirando; dieron por comida todas sus cosas preciosas, para entretener la vida. Mira, oh Dios, y ve que estoy abatida. 
Lamentaciones 1:11 y 2:11

Hoy nuestra ciudad está abatida. Nuestro Chile necesita la palabra redentora. Su pueblo es el deudor de esta nación. Su pueblo debe recordar las palabras de Jeremías 6:16: 

Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cual sea el buen camino y andad por él.

Se me ocurre que “esas sendas antiguas”, es la senda del caminar con Dios, del descanso en Él, incluso de oírle cuando viene hacia mí. 

Cuidado con el rito religioso que muchas veces usurpa la búsqueda sincera, tesonera e inteligente del hijo de Dios. 

Ocupa este miércoles con imaginación y procura encontrarle en su Silencio Santo. 

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